Chile ha recorrido un largo camino para convertirse en uno de los principales exportadores de salmón a nivel mundial. La industria del salmón en el país tiene una historia que se remonta a más de cuatro décadas, desde su primer paso hacia la producción comercial de salmón en los años 80. 

La salmonicultura en Chile ha sido una de las actividades productivas más dinámicas y en constante evolución, colocando a Chile como el segundo mayor productor de salmón del mundo, solo detrás de Noruega.

Una virtuosa convergencia público, privada y académica

Si bien en el siglo XIX se introdujeron salmones y truchas con fines recreacionales en ríos y lagos de Chile, no fue hasta mediados de los años 70 que se inició el camino hacia la actividad acuícola industrial. El Estado jugó un rol en el origen y fortalecimiento de la acuicultura. En esos años, el país estableció una política de diversificación de su economía y fomento de las exportaciones, que se basaba principalmente en la producción de cobre. 

A mediados de los 80 Fundación Chile lideró el conocimiento, la transferencia tecnológica y la instalación de emprendedores y empresas de capitales tanto chilenos como de Japón, Noruega y EE.UU. Se inició de esta forma el emergente cultivo de salmónidos, gracias también a los esfuerzos de investigación y desarrollo de IFOP y universidades nacionales, además del apoyo internacional a través de la University of Washington, Oregon State University, Humboldt State College y la Agencia Internacional de Cooperación Japonesa (JICA). 

De esta forma el cultivo de salmón pasó de los intentos de ranching (liberación de juveniles en ríos y lagos, que son capturados una vez maduros) a la producción en sistemas cerrados y controlados, constituyéndose en una verdadera macroinnovación en el territorio sur austral. Este cambio obedeció a una visión compartida y a la colaboración pública, privada y académica para el desarrollo de un nuevo sector industrial.

La instalación al sur del mundo

Como todo emprendimiento, sus inicios fueron difíciles. Se enfrentaron grandes desafíos para instalarse y operar en áreas rurales costeras, especialmente de Chiloé, donde -en ese entonces-, se privilegiaban para la selección de concesiones marítimas lugares protegidos de temporales y próximos a servicios básicos y poblados. 

Las nacientes empresas encontraron complejidades logísticas para el traslado de infraestructura, especialmente para las balsas jaulas, en zonas sin caminos o de estado muy precario. Costaba conseguir materiales en Castro, Ancud e incluso Puerto Montt. Además, la mano de obra carecía de experiencia en este tipo de cultivo. Las personas eran capacitadas durante las obras de instalación, con inducciones que ocurrían en la puesta en marcha de los centros de cultivo. 

Los carpinteros de ribera y los operadores de lanchas, particularmente de la pesca artesanal, dieron gran soporte inicial, así como las pensiones, hoteles, ferreterías y pequeñas empresas de camiones y transbordadores. Se abrió también un nuevo espacio de trabajo remunerado para gran cantidad de mujeres de sectores rurales, que vieron en las plantas de proceso una oportunidad laboral. 

En los primeros años, la interacción con la comunidad local era activa y cercana. Dueños, ejecutivos, técnicos y asesores se radicaban en la zona junto con sus familias, se integraban y eran percibidos como gestores de una actividad que desarrollaba negocios y capacidades locales. Lo que era valorado ya que generaba nuevas oportunidades en una zona donde predominaba la pequeña agricultura y pesca artesanal.

Los costos de un rápido crecimiento 

Posterior a los primeros años de instalación, nuestro sector no atendió suficientemente aspectos que enfriaron la relación con la comunidad. La salmonicultura puso sus énfasis en el aumento de la producción y en la diversificación de productos y mercados, postergando el desarrollo de conocimientos, tecnologías, innovación y estudios para mitigar impactos ambientales y sanitarios. Se evidenciaron las consecuencias al producirse los primeros eventos sanitarios que mostraban un grado de fragilidad que podía impactar el trabajo y el ambiente. Pasamos a ser percibidos ya no como el aliado integrado y de escala razonable, sino como una actividad interviniente que mostraba escasa sensibilidad por los temas de la comunidad y el medio ambiente.

Con el 100% de la producción certificada, la industria del salmón en Chile demuestra su compromiso con un futuro más sostenible. Las certificaciones permiten no solo el acceso a mercados internacionales, sino que también proporcionan las bases para asegurar la legitimidad, transparencia y competencia dentro del mercado global. 

En este sentido, SalmonChile y sus empresas asociadas siguen liderando con el ejemplo, trabajando constantemente por mejorar y adaptarse a las demandas internacionales, fortaleciendo la posición de Chile como un referente global en producción de salmón.

La Crisis del Virus ISA 

El fuerte crecimiento y el ingreso de enfermedades al país desencadenaron la peor crisis en la historia del sector entre 2007 y 2010: la epidemia causada por el virus ISA (anemia infecciosa del salmón). 

La enfermedad se expandió rápidamente con efectos letales, afectando principalmente al salmón del Atlántico, con graves impactos que no solo pusieron en riesgo la viabilidad económica de las empresas, sino que tendría también importantes consecuencias económicas, sociales y de imagen.

Comienzo de la madurez: recuperación y aprendizajes 

La reacción de nuestro sector y de la autoridad sectorial permitieron implementar en tiempo récord un conjunto de medidas que fueron mejorando las prácticas y la normativa existente. Estas incluyeron criterios de eliminación de peces, zonificación, detección temprana del virus y de las cepas dominantes, tratamientos coordinados contra el piojo de mar, rápido inicio de desarrollo de vacunas, control de siembras y ajuste de densidades. 

En este esfuerzo, el Instituto Tecnológico del Salmón (INTESAL) jugó un rol muy relevante. Asimismo, se desarrolló con la banca un proceso de repactación financiera para darle viabilidad a las empresas que abarcaba no solo a productores, sino también a proveedores. Fue un esfuerzo inédito de cooperación pública, privada y académica en la acuicultura mundial, que permitió superar la crisis en cerca de tres años. La salmonicultura chilena no solo recuperó los indicadores de productividad, sino que los superó largamente. Las regiones afectadas comenzaron a dejar atrás los fuertes efectos de la crisis, quedando en evidencia la importancia de la salmonicultura como motor de la economía del sur austral de Chile. 

Como aprendizaje, quedó que el alcance económico y social del sector en el territorio requiere un permanente respeto, cooperación y mutuo cuidado entre empresas y comunidad. La crisis del ISA dejaba en evidencia debilidades y errores de la industria en sus fases de puesta en marcha y rápido crecimiento, así como aciertos que ayudaron a superarla. 

Avanzamos hacia una nueva etapa, con un nuevo modelo de producción sostenido por una nueva regulación y gobernanza, y un compromiso mayor y demostrable de fortalecer el desarrollo de la I+D+i y el mejoramiento de nuestra relación con las comunidades y el medioambiente.